En un mundo donde ya casi todo es desechable cobran vida los tatuajes, estas obras de arte sobre la piel son permanentes. Ya sea por prestigio social, devoción espiritual, un rito de iniciación, o una pérdida de sentido común momentánea, los tatuajes son el máximo sacrificio en nombre de la expresión visual.
Tatuar es un proceso simple y complejo a la vez…
- Lo primero es elegir un diseño y saber en qué parte del cuerpo se quiere.
- Una vez escogido, el tatuador lo plasma sobre la piel como si fuera una calcomanía. Pero esto solo es un simple boceto o dibujo, sin colores ni sombras.
- Para empezar a realizar el tatuaje, se configura la máquina. Se equipa con una aguja para que dibuje una línea delgada por todo el contorno y trazos interiores del tatuaje (normalmente se hace con tinta negra). Esta aguja tiene una forma redonda como la punta de un lápiz.
- Cuando el contorno está listo es hora de hacer los colores y sombras. Las agujas para colorear o sombrear se configuran como un peine. Cuantas más agujas haya en una configuración, más tinta se transfiere. Las múltiples agujas crean hoyos iguales que se llenan al mismo tiempo.
- El tatuador aprieta un pedal para encender dicha fuente de alimentación y poner en marcha la aguja, y deja de apretarla para pararla. Esto hace funcionar la máquina a 4.000 revoluciones por minuto: un vehículo deportivo puede llegar a 165 kilómetros por hora con esas mismas revoluciones. La velocidad de la aguja en esta máquina es tan alta que equivale a la velocidad de las alas de un colibrí.